Después de leer Malasuerte
en Tijuana quedé convencido de que los restaurantes chinos de Mexicali
sirven gato a la naranja. Hace unas semanas en Torreón se clausuró un local de comida
china porque se comprobó que lo que debía de ser pollo era en verdad paloma.
Comer “ratas con alas” (estoy en contra del término) no
suena rico ni higiénico. Sin embargo, preparadas con salsa agridulce y soya
podrían haberle sabido bien a cualquiera.
Me puse a pensar en cómo habrían muerto estos animales. Dudo
que se les haya aplicado la eutanasia, primero porque es ilegal y segundo
porque para alcanzar paquetes de $50 se requiere de métodos rápidos y baratos.
Después de comentarlo con varios catadores de comida china
llegamos a la conclusión de que, muy probablemente, las palomas fueron
decapitadas o se les rompió el pescuezo.
¿Sería de mal gusto hacer una analogía entre la violencia en
el norte y las decapitaciones de aves? ¿O entre la masacre de chinos en Torreón
a principios del XX y esta venganza culinaria de hacernos ingerir paloma?
Irónico sí es: se exhibieron el ingenio de un restaurantero
ahorrando en materias primas, la incompetencia de las autoridades al regular lo
que se sirve en los comercios (no sabemos cuánto tiempo estuvimos tragando
paloma) y la ingenuidad de nuestro paladar al no saber diferenciar entre aves
cocinadas.
Hace unos días nos preguntábamos mi hermana y yo si a lo
largo de nuestra vida habríamos comido carne humana disfrazada de tacos al
pastor. Es difícil saber, lo que es casi un hecho es que ya probamos el perro y
la paloma.
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